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Una ciudad en la mitad del mundo
Un monumento en el medio del planeta. Un cartel que anuncia la latitud 0°.
Una línea amarilla que separa dos hemisferios: el norte y el sur; entonces, basta con dar un paso para entrar en uno saliendo del otro, en una experiencia singularmente extraña que sólo puede ocurrir en Mitad del Mundo.
Pintoresca "ciudad" de reminiscencias coloniales, localizada en las afueras de Quito, capital del Ecuador.
El planeta es un pesadísimo globo de latón que descansa en la cumbre de un inmenso monumento; pero no gira, está quieto, inmóvil, quizás atrapado en lo más alto de esta ciudad discreta, pintoresca, casi de juguete, con sus casas de matices coloniales, su templo envuelto por el sobrio silencio de la fe y unas decenas de callecitas que se unen, mezclan o enredan, aunque siempre llegan a la Mitad del Mundo.
"Aquí, la gente, los animales y los objetos, pierden su sombra un par de veces al año", se peina la barba, se ladea la gorra, reparte sonrisas cargadas de enigmas y misterios, uno de los escasos habitantes de Mitad de Mundo, la ciudad de la latitud 0°, según los estudios de los miembros de la Academia de Ciencias de Francia que, en 1736, realizaron la expedición geodésica al Ecuador.
Silencio. El hombre mira el cielo, el mundo de latón, los balcones y tejas color chocolate, la alameda con los bustos de bronce de todos los científicos de la expedición -entre ellos Charles-Marie de la Condamine y Pierre Bouguer- y a los niños traviesos que "vuelan" por encima de una línea amarilla; entonces, deja de repartir sonrisas. Rompe el frágil silencio:
"Aquí -dice en tono de certeza- sólo hay que dar un paso para estar en el hemisferio norte o en el hemisferio sur"... y los niños siguen en sus vuelos hemisféricos al pie del monumento a la línea ecuatorial, que es el corazón del complejo "Ciudad Mitad del Mundo", localizado a menos de 30 kilómetros de Quito.
De norte a sur, de sur a norte. Los chicos no dejan de saltar de un lado al otro de la línea amarilla. Jadean, sudan y se mueren de risa, al ver que sus sombras bailotean en el cemento de la ciudad. "Eso no sucedería durante los equinoccios del 21 de marzo y el 21 de setiembre", dice el solitario habitante que ya no se peina la barba ni se ladea la gorra, tampoco esboza sonrisas enigmáticas.
"En esos días ni la gente ni los objetos tienen sombra. Es un fenómeno muy extraño", la voz se apaga, el hombre se esfuma; de pronto, se arma un tremendo alboroto, un tiroteo de clicks fotográficos al lado del colosal monumento de 30 metros de altura con su globo terráqueo de 5 toneladas, que fue construido en 1979, siguiendo el diseño de Luis G. Tufiño (1936).
Y el tiroteo se expande al hemisferio norte, y hay más clicks en el hemisferio sur y hasta un click aislado -con sonrisita incluida claro está- en el cartelito en que se lee: latitud 0°0'0", Longitud Occidental de Greenwich 78°27'28"... y no hay más remedio que recargar la cámara, porque "uno no está todos los días en la Mitad del Mundo, caray, y aún falta la alameda, los balcones y las tejas... y tantísimos detalles más".
Debajo del planeta
No es ni marzo ni setiembre. Los rayos dorados del sol crean infinitas sombras y claroscuros. La ciudad "hierve" al mediodía. Hay vida, se abren las tiendas y de las cocinas de los restaurantes se escapa el delicioso aroma de la fritada (carne de cerdo frita) y el llapingacho (tortas de puré y queso)... Ah, hasta el monumento ha dejado de ser un titán de hormigón armado y piedra pulida, para convertirse en un gigante afable y acogedor que abre sus puertas para recibir visitas.
El monumento se vuelve una atalaya, porque un ascensor conduce a la delgada terraza que está justo debajo del mundo cansado de girar, por lo que se puede observar las líneas y formas de sus continentes y sus mares, especies de tatuajes en una rara "piel" de latón del color del bronce... pero hay más que observar: los cerros que rodean la ciudad, las nubes esponjosas, la alameda empequeñecida, la línea amarilla que parece ser una serpentina.
Al descender no faltan las sorpresas. Las "entrañas" del coloso de hormigón, son un amplio abanico que muestra la riqueza cultural de los diversos grupos étnicos que habitan las tres regiones del Ecuador. Costa, Sierra y Oriente, diversidad de objetos y costumbres, leyendas y mitos, tradiciones y fiestas, que permiten descubrir la esencia y el espíritu de todo un país.
De vuelta a la ciudad y su cartel repleto de ceros, sus balcones y tejas de color chocolate, sus niños que no se cansan de dar saltos hemisféricos y los últimos disparos del tiroteo fotográfico... el único que falta es el hombre de las sonrisas enigmáticas. Tal vez, sólo era una sombra, un confuso espejismo en la Mitad del Mundo.
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